¡Hey, hey, hey! ¿Qué tal leváis la semana? Yo mañana por la mañana tengo un examen de literatura y, como suele pasarme, he decidido que es el momento más indicado para ponerme a subir una nueva entrada. Os traigo otro relato que presenté a un concurso hace unas semanas en el cual no tuvo mucha suerte. Pero miremos el lado positivo, ahora ya puedo compartirlo aquí :D De modo que os dejo leyendo. ¡Besos y feliz miércoles!
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ÉRASE UNA VEZ UN ESPACIO EN BLANCO
Érase
una vez un espacio en blanco.
Érase
una vez un ente olvidado y sin nombre, que perdido se encontraba en la
inmensidad de la nada. Una mañana se despertó y al contemplar la vasta
extensión de vacío, más por aburrimiento que por necesidad, decidió crear un
nuevo mundo. Para comenzar creyó que debía elegir un nombre para sí mismo, pues
debía conocerse la identidad del creador, de modo que se llamó a sí mismo El
Escritor. Después dirigió una mirada ávida al espacio en blanco que sobre él se
cernía.
Tras
el esfuerzo de decidir por donde empezar, comenzó inseguro con las insulsas
pinceladas azul celeste de su cielo, seguidas por la pradera de verde hierba,
que se extendía hasta donde su vista alcanzaba. No satisfecho del todo, colocó
una cordillera de altas montañas en el horizonte y un bosque al este de la
explanada. Tras otra mirada crítica, decidió que algo más faltaba allí. Primero
repasó el contorno del astro rey, dio lugar a las inquietantes sombras entre la
foresta y la pobló de cada tipo de
animal que por su mente cruzó, ya fuera real o no lo fuera. Moldeó a su gusto
la fauna y la flora que allí moraban, dotándolos de color y dimensión. Después,
casi como algo natural, vino el océano del oeste y con él la ciudad, cuyas
lindes amenazaban con sucumbir al agua. Fue más tarde cuando el escritor se
percató de que en su villa reinaba en más absoluto de los silencios. Así pues
la pobló de gente alta y baja, amable y huraña, de todas las edades y
características. Puso especial cuidado en uno de todos aquellos habitantes. Era
un joven de no más de 18 años, con el pelo castaño y los ojos de un azul brillante. Le dotó de conciencia y
le volvió astuto e inteligente. Le
construyó una casa y le dio una familia: Un padre, una madre y un
hermano pequeño con sus mismos ojos. Pasado un tiempo, el Escritor pensó que
aquel muchacho merecía un nombre, así que se lo dio.
Mientras
el chico vivía en la ciudad a orillas del mar, la extensión de tierra crecía
tras las montañas y más allá de los bosques. El tormento que al principio había
nublado los pensamientos del Escritor se había esfumado. Ahora era fácil e
incluso placentero el hecho de dibujar las extensiones de aquel lugar insólito.
No tardaron en formarse ríos, valles y llanuras. Acantilados, desiertos e
incluso otras ciudades con sus respectivos moradores. La tierra se dividió en
islas y continentes cada vez de mayor tamaño y complejidad hasta que la ciudad
del oeste y los bosques del este pasaron a ser poco más que un destello en la
gran inmensidad. Y así la vida se sucedió tranquila durante un tiempo, mientras
el ocioso escritor lo contemplaba todo con orgullo desde su sillón en las
alturas.
Aun
sintiéndose conforme con su creación, el hombre no pudo evitar pensar que aquel
mundo había caído en la rutina, por lo que tomó una decisión. La creó a partir
del fuego de un volcán lejano. Hizo sus cabellos rubios y sus ojos verdes como
la esmeralda. También a ella le dio un nombre y la llamó princesa. Al igual que
el chico que habitaba en la ciudad, era joven. Mas por el contrario utilizaba
su ingenio para sembrar el temor allí por donde pasaba. En el reino de las
montañas, donde ella gobernaba, predominaban el dolor y la desgracia. Dijo el
escritor. Y en las calles se escondían las mismas sombras del bosque del este.
Una
buena tarde el hombre bosquejó una torre tan alta como la luna, desde la cual
se podía vislumbrar cada rincón del mundo. Llevó hasta allí a la princesa de
las tierras lejanas y la hizo subir peldaño por peldaño, como a una simple
marioneta. Ella miró en la lejanía y cuando sus ojos se posaron en la ciudad
del mar, fue un instante lo que tardó en encapricharse de ella.
La
princesa quiso que aquel reino fuese suyo. De modo que, no habiendo conocido el
amor ni la compasión, envió a cada una de sus criaturas hasta los límites de la
ciudad con la intención de que la conquistaran para ella. El Escritor así lo
dispuso, y las consecuencias no tardaron en hacerse ver y oír.
El
pánico reinó entre las calles. Algunos se escondieron en los sótanos, con miedo
a perder sus vidas, y otros decidieron alzarse contra los dominios de la
princesa. Muy a pesar del Escritor, la guerra se llevó la vida de la madre del
joven y de algún que otro habitante del pueblo. Pues bien es sabido que en toda
guerra hay muerte y sacrificio.
El
joven de los ojos azules, dotado por el Escritor de valor, decidió hacer algo
para detener a la princesa. Viajó por todo el mundo y vivió su propia aventura.
Atravesó el bosque del este, al que todos los viajeros rehuían. Siguió el curso
del río hasta llegar a las montañas y burló, no sin esfuerzo, la muralla que
bordeaba el límite de los dominios de la princesa. La chica se encontraba en lo
alto de torre, observando con serenidad el trabajo de sus súbditos.
El
chico de los ojos azules la buscó por todo el reino, hasta dar finalmente con
ella. Cuando lo hizo intentó explicarle el problema que su hogar sufría por su
culpa. Pero ella, cegada por la ambición, no dudó en encararse contra él. Le
retuvo en su castillo y no le dejó marchar. Prometió que jamás volvería a ver
la luz del sol.
Pero
de algún modo u otro, pasaron los días, las semanas y los meses. E
inevitablemente la princesa se enamoró de él. Solo entonces se dio cuenta de
que podría haber otra forma de hacer las cosas. Otra forma de vivir. De modo
que ordenó a sus criaturas que regresaran al bosque y con suma tristeza dejó ir
al joven de los ojos azules, quien regresó a su casa sin saber qué pensar. Poco
después la batalla acabó y la prosperidad reinó de nuevo en aquel mundo. El
tiempo borró las heridas de sus pérdidas hasta que, finalmente, cayó de nuevo
en la rutina.
En
la ciudad, los niños jugaban cantando cada día las mismas canciones. El mar
seguía amenazando con tragarse aquella ciudad y el padre del chico seguía
siendo afable y risueño. La princesa se subía cada noche a lo alto de su torre
y observaba la ciudad con ojos anhelantes y en ocasiones llenos de lágrimas. Los
pájaros volaban, los peces nadaban, las nubes descargaban su lluvia de vez en
cuando y el sol se escondía cada noche para dar paso a la luna. La gran
historia de aquel lugar ya se había convertido en otra historia más, presa del
pasado y el olvido.
El
Escritor se sentó de nuevo y contempló, exhausto, el perfecto resultado de su
Historia. Mas aquella tranquilidad no duro tanto como él esperaba, pues un día
lo inevitable ocurrió. El hombre cerró los ojos inconscientemente y la vida se
transformó poco a poco en silencio.
Las
montañas se plegaron sobre si mismas y los árboles comenzaron a decrecer,
arrugados e inservibles. Sus hojas se desperdigaron por el suelo como un manto
de sangre color parda. Las criaturas del reino y los habitantes de la ciudad
del mar se evaporaron, reducidos al pasado de un lugar ya inalcanzable. El agua
se tragó la tierra, y seguidamente el ardor del sol hizo que se evaporara el
mar. Cuando ya solo quedaban el sol y el cielo, comenzó a hacerse la oscuridad.
La estrella única destelló antes de apagarse para siempre. Frágil y bella, como
un último aliento.
El Escritor
abrió los ojos, temeroso de encontrarse solo de nuevo en aquel vacío, pues tan
grande habían resultado ser su regocijo ante el fruto de su esfuerzo, que
apenas podía soportar la idea de dejarlo atrás.
Y
tal fue el desconsuelo al abrir los ojos y ver su mundo tan espectacularmente
destruido, que decidió volver a empezar. Y así lo hizo.
Incontables
lugares se sucedieron sobre aquel espacio en blanco, al que El Escritor había
empezado a llamar Mente. Crecían hasta donde alcanzaba la vista para más tarde
perecer en su fin colosal. Todos se llevaban un pequeño trozo del alma del
Escritor, y a cambio el Escritor siempre guardaba en su interior un fragmento
de cada uno de ellos. La imagen del joven de ojos azules y de la ciudad del
mar, moraban intactos en lo más profundo de sus recuerdos.
Así
se sucedieron los años. Y el espacio en blanco al que en un principio aquel
hombre había temido y odiado, se convirtió en el lienzo de su propia realidad.
La nada se llenó de posibilidades. La oscuridad se convirtió en luz, y en
ocasiones la canción del silencio le susurraba antes de dormir, ideas para la
creación de su siguiente obra.